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¡Boston, esto no acaba aquí!

Una vez más lo intenté y una vez más no salieron las cosas como yo esperaba. El primero de marzo fue el día que me había pactado como límite para lograr algo que muy pocos han logrado, correr un maratón en menos de 185 minutos. El Maratón Interancional LALA era el escenario y Boston era la meta.

La preparación fue fuerte, más la logré disfrutar bastante. Prácticamente todo me salía bien y eso ayudó a que la confianza en un buen resultado fuera en aumento. Yo sabía que debía hacer una carrera perfecta y que no hay margen de error cuando te trazas objetivos tan altos. Siendo mi propio entrenador he aprendido a dar lo mejor de mi de manera calculada. Se lo que necesito para ir cumpliendo objetivos a corto plazo. Dos semanas antes de la carrera el panorama cambio pero la fecha de la carrera siguió siendo la misma.

La verdad que lo más fácil sería olvidar lo que pasó el tan ansiado día. Pero para lo que trabaje tan duro por tantos días no se borrará de mi mente de la noche a la mañana.  Si se los comparto tal vez entiendan un poco de lo que siento tras lo ocurrido.

Los días previos mis piernas se empezaron a sentir muy pesadas. Como si estuviera cargando plomo. Nunca entendí a que se debió pero pues busque las formas de deshacerme de eso. Por más que intenté no pude y me presenté a la salida del maratón con con ladrillos que se hacián pasar por piernas bajo mi cintura. No había vuelta atras, regresar a dormir no era opción, iba a pasar lo que tenía que pasar.

Los primeros diez kilómetros ni el mismo Alejandro González Inarritu los hubiera visualizado tan bien. No me sentía cansado y me alimentaba de la energía de quienes apoyaban a los corredores. Encontré a alguien que llevaba el paso que quería y no lo dejé ir, de repente él se tronó y aún peor, no faltaba mucho para yo sentirme igual.

Esos dos ladrillos (piernas) comenzaron a hacer efecto mucho antes de que el sol fuera factor. Ya para el kilómetro 15 renuncié a Boston y a un récord personal. De haber corrido los primeros kilómetros en 4:20-4:30, sin entender el porque, mis parciales ya estaban pasando los cinco minutos por kilómetro. Si llegó a pasar por mi mente el desertar, era más comodo eso para el cuerpo que seguir sufriendo casi 30 kilómetros más.

Eso si, nunca había visto a gente caminando tan pronto. Desde el kilómetro 10 ya empezabas a ver a gente en situaciones similares a las mias, que solo irián empeorando conforme el sol pegara más fuerte y los nutrientes en el cuerpo se fueran consumiendo. Yo traté en salvar mi carrera, mi objetivo era ahora pasar la meta en menos de 4 horas. Tenía que haber una forma. Agarre ritmo y parecía que nada me detendría pasando el kilómetro 30, pero las sorpresas continuaban.

Calambres, los malditos calambres, esos que llegan cuando menos los quieres. Esta vez no eran tan fuertes pero lo suficiente para sacarme de ritmo. Trataba de recuperar el azucar en la sangre y aprovechar los masajes que daban los cuerpos de auxilio en el recorrido. Cerca del kilómetro 32 escuche a una señora decir:

“Gracias por ser un ejemplo para nosotros, gracias por demostrarnos que todo es posible,” y es que si, los maratonistas somos eso, personas que solo nos tenemos a nosotros mismos como limite.

Desde eso momento supe que no iba a abandonar esta carrera. Boston no era opción, una marca personal tampoco y tampoco hacerlo en menos de 4 horas. Pero iba a terminar. Así que pasando el kilómetro 38 no mire atras y con lo que me dio el cuerpo no paré. Senti como 10-15 calambres en ese periódo pero pararse ya no era opción. Ya sentía cerca el final.

Darle la vuelta al Bosque fue toda una odisea, las vueltas no se veian muy cerca y aún peor, la recta final se veía eterna. Pero ya estaba ahí, que tanto es tantito, resulta que bastante. Después de un tiempo del que ni me quiero acordar quedan algunas cosas buenas.

Oscar Javier Casanova Perches terminó su septimo maratón y apenas tiene 26 años. Lo hizo tras haber sufrido por más de la mitad del camino, que es de las pesadillas de un maratonista antes de empezar. Venció al cansancio, al dolor, a la idea del abandono y se queda con su orgullo.

Si se llega a sentir como fracaso el haber trabajado tan duro y no conseguir el objetivo deseado. Pero queda en mi la satisfacción de haberlo intentado, de haber entrenado como debía a pesar de mis otros trabajos, de haber dado lo que ayer fue lo mejor que pude. Que nadie me contara lo que se siente acabar ese maratón. Por ahora voy a dejar a esta distancia en paz, pero cuando vuelva seguro que voy a conseguir el objetivo que hace seis años me tracé. ¡Boston, esto no acaba aquí¡

¿Por qué no?

Una pregunta sencilla que aplica al 98% de todo lo que hago. El saber que puedes haberte perdido de una gran oportunidad por no intentarlo es algo que me motiva a hacer lo que en varias ocasiones me sale bien pero en otras llego a fracasar.

Me he dado cuenta que fracasar en su nivel más bajo es dejar de intentar. Es dejarse vencer por el miedo a que no tenemos la capacidad de afrontar lo que algún día no resulto salir a nuestro favor. Hoy, a menos de 48 horas de volver a correr un maratón le sigo teniendo miedo al fracaso, pero me aferro al orgullo y las ganas de por fin conseguir el resultado que busco.

Hace menos de 100 días me encontraba en una situación parecida. Hace menos de tres meses estaba por alinearme en la salida del Maratón Internacional de California. Tenía el miedo de lastimarme tan feo que al día siguiente mi carrera como corredor se acabara. Había estado tratando una lesión fuerte por casi dos meses sin la garantía de que estaba listo para correr un maratón en la fecha de la carrera.

Desde antes de arrancar sentía que ya había fracasado. Tuve un inicio de carrera bueno pero un final para el olvido donde teminé con mi peor marca en un maratón. 3:50 no era el plan que yo tenía cuando me había inscrito para el maratón. El domingo será otro maratón, otra historia por escribirse.

Los que me conocen bien saben que como corredor no hay algo que yo quiera más que el calificar al Maratón de Boston. Para la madre de todas las distancias, Boston es la meca de esta especialidad. Tal como un actor quiere llegar a Hollywood, Boston es mi Hollywood. Con estar ahí sentiré que ya la hice.

Prepararme para este maratón no ha sido nada sencillo. Con trabajo, con desveladas y desmañanadas no ha sido sencillo encontrar la fuerza para llegar aquí. Pero de los varios entrenamientos que realicé, más de la mitad me dejaron con buen sabor de boca. De ahí encuentro la motivación para poder alinearme una vez más en la salida de un maratón.

Han pasado menos de 100 días desde mi último maratón.
Han pasado menos de 100 días desde mi último maratón.

3:04:00 es la meta. Es el tiempo con el que he soñado desde hace más de tres meses. El tiempo que no deja mi cabeza. Para llegar a ello es necesario un paso casi suicida. 4 minutos y 25 segundos por kilómetro, algo que ni el 3% de los maratonistas en el mundo puede lograr. Ser de ese selecto grupo de maratonistas requiere muchas cosas que el corredor tradicional no necesita.

Cuidar cada aspecto, desde los tenis, hasta la punta del pelo.Técnica (braceo, zancada, respiración, etc…) ropa e hidratación. Diseñar un plan de carrera con muy poco márgen de error pero más que nada, al igual que todos, soñar en que si se puede.

A menos de 48 horas estoy con los mismos nervios de la primera vez. Si siento que me preparé bien pero el domingo sabré que tan bien o que me faltó. El miedo al fracaso no se va, el no lograr lo que hace meses fue la meta existe. Tenerlo que volver a hacer más adelante perdiendo un año de eligibilidad espanta, pero son cosas de este deporte, de este reto.

Seis maratones después de mi debut en la distancia solo existe algo que nunca cambia, terminar. Nunca he abandonado un maratón y este no será la excepción. Lo que si quiero que sea distinto es el resultado, y que cuando acabe ya este clasificado a Boston. ¿Es mucho pedir? Espero en Dios que no sea así.