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Un Maratón Inesperado

Correr un maratón no es una decisión que se debe de tomar a la ligera. Es una distancia que desafía la capacidad física y mental del ser humano. Por más veces que lo corras, nunca se vuelve más sencillo. El Maratón de la Ciudad de México de fácil no tiene nada.

La edición 36 del Maratón de la Ciudad de México conmemoraba los 50 años de los Juegos Olímpicos de México 1968. El último en el sexenio de Horacio de la Vega como organizador. Un hombre que ha llevado a este maratón a estar considerado dentro de los mejores del mundo.

En junio me invitaron a participar y acepté. Sin embargo, nunca pude entrenar de la manera debida. El cambio de Madrid a México y ciertos eventos hicieron imposible llegar al 26 de agosto bien preparado físicamente para la prueba madre de la distancia.

Una semana antes ya había dado prácticamente descartada la opción de correr los 42.195 kilómetros. Si pensaba correr algunos tramos y grabar como se van sintiendo los corredores conforme avanzan los kilómetros. Correrlo todo no era parte del plan.

Los días previos a la carrera fueron muy atípicos para alguien que va a correr un maratón. No estaba cuidando mucho mi alimentación, no dormía temprano y corrí muy muy poco para al menos darme la confianza de que podría correr tanto.

En mis ocho maratones me he presionado mucho por el tiempo que quiero hacer. En esos maratones he pensado mucho en mi paso, parciales y posibles calambres. Acá solo pensaba en que tenía que correr tranquilo y disfrutar del maratón más grande del país.

El 26 de agosto me levanté a desayunar (lo que núnca hago antes del maratón), regresé a mi cuarto por mis cosas y a las 6:00 am ya estaba camino a la linea de salida. Si corro por tiempo, escucho música antes de empezar, ahora no llevaba ni audifonos.

Después de dejar mi bolsa en el guardarropa, me dirigí a la fila de los baños portátiles. El lugar dónde la gente deja sus nervios, yo me puse a calentar mientras los más rápidos ya cruzaban la linea de salida. Yo no tenía prisa, sabía que el día sería largo.

Ya a las 7:30 me formé en mi corral y 10 minutos después ya estaba frente a Catedral picándole “Inicio” al cronómetro y “grabar” a la GoPro que me había puesto en una mano. Iba a correr y grabar un maratón por primera vez en mi vida.

En los primeros kilómetros se puede sentir la adrenalina de la gente. Todos emocionados por salir a la conquista de un maratón. En esos primeros kilómetros fue dónde más amigos ví y en los que entendí de la magnitud del evento.

Llegando a los cinco kilómetros la aventura apenas empezaba. Aún faltaban muchos pero me sentía muy bien. A los ocho empecé a hacer videos para Instagram avisando a quienes me siguen de por dónde iba. En ese punto, la altura aún no me afectaba.

Correr por todo Paseo de la Reforma, pasar por el Ángel de la Independencia, la Diana Cazadora y después tomar rumbo hacia Polanco marcaban el primer cuarto de competencia. Fue una parte que se me pasó muy rápido corriendo al ritmo planeado.

Muchas veces corro con el miedo de perder el ritmo para el que entrené. Esta vez no tenía nada que perder y a lo mucho un maratón más que sumar a la cuenta. El poder ir a un paso que me permitía platicar, era indicación de que me estaba sintiendo bien.

Entre platicas, grabaciones, publicaciones en Instagram y “Facebook Live” la primera mitad se me pasó muy rápido. En 123 minutos pasé por la marca del medio maratón. A partir de ahí no tenía problema con parar. Ya había hecho más de lo esperado.

Sin embargo, el ambiente en las calles y ver como la gente se esforzaba por seguir avanzando me motivaron a seguir en la ruta. Yo sabía que en algún momento no me iba a sentir bien, pero preferí aprovechar el momento y hacerlo durar lo más que pudiera.

Entramos a Chapultepec y aunque el adoquin es incómodo, no lo sentí pesado y continué avanzando hasta salir del bosque, regresar a Reforma y llegar a la Glorieta de Insurgentes. Ahí ya estabamos en el kilómetro 30 y fue dónde empezaron los dolores.

No había necesidad para seguir corriendo, pero de ahí a la meta eran aún 12 kilómetros (ó como me enseñó el Camino de Santiago), casi dos horas. Ahí también empecé a hacer cuentas del tiempo que tendría para después hacer el check-out del hotel.

Al 32 vino el primer amago de un calambre. Bajé el paso y me olvidé de la idea de correr en cuatro horas. Al 35, cuándo llegamos a Avenida Insurgentes para la larga recta final, decidí caminar un kilómetro para recuperarme. Para el 36 ya estaba listo para seguir.

Con las porras a los lados de la calle que ya no paraban y los mensajes de aliento que me llegaban al celular fue muy fácil seguir hasta la meta. Tras ser testigo del Maratón de la Ciudad de México por cuatro años, el quinto fue en el que ya era protagonista.

Ya no me preocupaba el tiempo y el llegar a Ciudad Universitaria se sintió muy especial hacerlo como corredor. Animando a los que parecían desfallecer a metros del final y sonriendo pasé por el tunel que nos llevaba a la meta.

Me puse a grabar esos últimos metros para los que más de 30,000 personas se habían preparado. Los metros que te consagran como maratonista tras horas, días y meses de entrenamiento. Después de 4 horas, 32 minutos y 30 segundos grité ¡Acabamos!

A eso le siguieron abrazos y felicitaciones a todos los que en ese momento habían cruzado la meta. Todos pasamos de sufrir a gozar el hecho de haber terminado un maratón a más de2.500 metros sobre el nivel del mar.

Un esfuerzo complejo sin importar el tiempo que lleve hacerlo. Algo que da mil razones para ser feliz una vez cruzada la meta. Con la medalla de finalista con la letra “O”, la misión estaba cumplida. El 26 de agosto del 2018 sin pensarlo, corrí un maratón.

 

Mi Andar en el Camino de Santiago

Los primeros 72 kilómetros del Camino de Santiago me habían ido enseñando de lo que se trataba este reto físico, mental y hasta espiritual. Sin embargo, el tiempo me hizo ver que eso era tan solo el principio. Que aún faltaba mucho por recorrer y aprender.

Día 3 (Ángel en el Camino)

El tercer día fue el que inicié con más ambición de todos. En el plan estaba caminar 50 kilómetros. Sería la primera vez en mi vida que recorrería tanta distancia ya sea corriendo ó caminando.

Ese día había que salir a las 6 am del albergue. Aunque estuve listo para la hora programada, seguí siendo el último en salir. Ahora no había luz afuera, todo seguía oscuro. Sin embargo, las flechas te mostraban en que dirección debías de ir.

Los primeros kilómetros fueron entre campos de siembra. Me alegré de pensar que había parado el día anterior dónde lo había hecho, pues tardé dos horas en llegar al siguiente pueblo y el camino no era fácil.

Las lecciones de los primeros dos días me hicieron tomar un buen paso desde el inicio. El dolor por el esfuerzo de los días anteriores si se sentía, pero la ilusión de seguir avanzando me hacía pensar en todo menos en lo que al cuerpo le molestaba.

Antes de llegar al pueblo antes mencionado, alcancé a un señor que se puso a platicar conmigo cuándo lo pasé. Hablamos de dónde veníamos, que hacíamos y hasta quién había ganado las elecciones en México. Cuándo le comenté de mi plan de los 50 kilómetros, el me recomendó no hacerlo y esperar al siguiente día debido a que la parte más dura del camino estaba a la vuelta de la esquina.

Si tomé en cuenta su comentario, pues él ya había hecho el Camino varias veces. Ya que él se paró a desayunar, yo me seguí de frente queriendo ganar tiempo y distancia. Yo estaba pasando a todos los peregrinos que tenía por delante. Hasta que uno me pasó. Llegué a pensar en mantenerme a su paso pero iba muy rápido, así que lo dejé ir.

Para mi sorpresa él se detuvo y me esperó para saber por dónde seguir. El en italiano y yo en español, nos llegamos a entender lo suficiente para decidir que ibamos a seguir juntos. Para los dos, era la primera vez buscando llegar a Santiago. Su compañía de ese momento en adelante fue fundamental. Fue un ángel en el camino a la meta.

A los pocos kilómetros comenzó la subida más fuerte del Camino. Diez kilómetros de subida contínua en terracería pasando de 800 metros sobre el nivel del mar a casi 2,000. La niebla se hizo presente ya que pasamos de estar debajo a estar encima de las nubes. Después de un esfuerzo sobrehumano y yo sin nada en el estómago, llegamos a Cebreiro, el punto más alto en mi parte del camino.

Ahí pasamos a una capilla a dar gracias y después a comer. Una comida que supo a gloria mientras llovía afuera del restaurante. Una vez que dejó de llover, paramos de comer y seguimos otros 15 kilómetros a nuestro punto final. Las vistas desde ese punto eran espectaculares.

Las horas restantes fueron una lucha contra el cansancio que más adelante se combinó con una fuerte lluvia. Una lluvia que hizo que algunos albergues se llenaran y tuvieramos que caminar hasta ocho kilómetros más de lo planeado. Sin embargo, esto ayudó a que llegaramos a una posada dónde nos atendieron como reyes.

Al llegar nos dieron toallas para secarnos. Nos dieron de comer como si no hubieramos comido en semanas. Los cuartos estaban bastante bien y como no había nadie más, nos ayudaron en todo. Fue tan bueno el trato que dolió tener que seguir caminando al día siguiente. Lo más difícil de creer es que no llevaba ni la mitad del camino.

Día 4 (Caminando en Reserva) 

Esa mitad del camino estaba a la vuelta de la esquina. Bueno, unos kilómetros más abajo. Después de subir mucho el día anterior.  La meta ese día se llamaba Portomarín y nos dejaría a 90 kilómetros del final. 

El dolor en los pies empezaba a ser notorio. La noche anterior me dormí con un pie inflamado que no se logró recuperar al 100% pero reposar no era opción. Fue un día que parecía pasar muy rápido. La plática con mi amigo italiano ayudó mucho a eso y a olvidarse del dolor.

Cerca de los 30 kilómetros mi amigo se empezó a sentir cansado y bajamos el ritmo. Yo no me podía parar ya que si lo hacía pensaba que sería casi imposible reiniciar. Así que decidimos que llegando a Sarria él se quedaría a descansar y yo seguiría mi camino.

Así fue y al llegar a Sarria nos despedimos como si ya no nos ibamos a volver a ver. En ese momento pensaba que sólo me faltaban 10 kilómetros para llegar a mi destino. Posteriormente, me di cuenta que faltaban cerca de 20.

En vez de tener que caminar sólo dos horas más, eso significaba que faltaban cuatro horas. Poco a poco mis energías se agotaban y es que no había comido nada en todo el día. A base de pura agua me estaba manteniendo en pie.

Mi ritmo fue disminuyendo y cuándo me faltaban ocho kilómetros me alcanzó mi amigo italiano. El propuso que nos detuvieramos en un albergue a 95 kilómetros de Santiago. Para mi, esos cinco kilómetros me hacían ruido y quería quedar a 90.

Le dije que si se quería quedar ahí, que se quedara, que le agradecía su compañía pero que yo llegaría como fuera a Portomarín. Al final decidió irse conmigo y poco a poco fuimos llegando a la que fue la meta desde el principio de la jornada.

La vista en ese lugar hizo que valiera la pena todo el esfuerzo. Yo estaba tan cansado como asombrado de lo que había logrado. 53 kilómetros después de salir, llegamos al albergue a bañarnos, cenar y descansar. Llegamos tarde y despacio pero llegamos.

Emoción Sobre Cansancio

Ahora si podía decir que ya estaba a nada de llegar a Santiago. La meta ya se sentía muy cerca aunque hicieran falta casi 100 kilómetros. El cuerpo empezaba a pedir descanso pero tenía que mentalizarme para seguir avanzando.

La aventura ya había valido la pena y faltaba lo mejor. La llegada que ya la empezaba a visualizar. Esa parte no se la pueden perder. Un final del que aún me acuerdo como si hubiera sido ayer.