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Mi Andar en el Camino de Santiago

Cuándo estas viendo que te faltan menos de 100 kilómetros no puedes evitar el emocionarte. Sin embargo, los primeros cuatro días ya estaban dejando al cuerpo bastante desgastado. Si pensaba que ya había pasado lo más difícil, me estaba equivocando.

Día 5 (El Cuerpo Pide Esquina)

La mente ya estaba en Santiago de Compostela, pero el cuerpo batallaba para levantarse de la cama en Portomarín. Los pies ya se empezaban a sentir inflamados y las espinillas igual. Sin cremas para el dolor ni ibuprofeno, era cuestión de fe poder seguir adelante.

Sin saberlo, esta era la última noche que había pasado con mi amigo italiano. Alguien que me acompañó por más de 100 kilómetros. Fueron kilómetros con un ángel en mi camino. Tiempo habíamos tenido de sobra para intercambiar experiencias y ayudarnos mutuamente.

Poco antes de las 7:30 am salimos de Portomarín buscando avanzar unos 50 kilómetros más. La primera bajada del camino estaba a 500 metros del albergue y era tanto mi dolor que la tuve que bajar de reversa. A partir de ese momento, las bajadas eran mi peor enemigo.

De Portomarín ya sale mucha más gente que de puntos anteriores. Escuelas en excursiones de verano, jóvenes que van de paseo y gente grande que sabe que no puede exponerse a hacer recorridos muy largos. Así que esa mañana nunca iba solo. 

Chi va piano va sano e va lontano,” que quiere decir “ese que va despacio va lejos”. Esa era mi frase favorita para el resto del Camino. Me tenía que olvidar de ir con un ritmo fuerte. Ahora debía pensar en avanzar lento pero seguro, no había para más.

Los primeros kilómetros me confirmaron lo mal que me sentía. Me dolía todo, iba muy despacio y no pasaba a casi nadie. Ahora muchos me pasaban y mi cara de sufrimiento me hacía cuestionar las ganas que tenía de llegar en tan solo dos días más.

Las bajadas acababan lentamente con lo que me quedaba de piernas. De la cintura para abajo era hombre casi muerto. Me dispuse a rezar continuamente buscando desde arriba una solución a mi dolor físico y moral. Si la fe me había traido tan lejos, pensé que esa misma fe me llevaría hasta la Catedral de Santiago.

Los primeros 20 kilómetros fueron una tortura hasta que un par de peregrinos se detuvieron a ofrecerme tanto ibuprofeno y crema desinflamatoria. Por mucho tiempo me había rehusado a recibir ese tipo de ayuda pero ya no podía más y la acepté.

Poco a poco todo fue mejorando, desde mi semblante hasta mi fuerza al caminar. El dolor parecía haber sido cosa del pasado. Me fui platicando con varios peregrinos para que se hiciera más llevadero el resto del camino y cerca de las 2:00 pm me detuve a comer.

Una comida que me dió el tiempo y la energía suficiente para seguir andando. A 70 kilómetros de Santiago había recuperado la confianza de que si podía acabar al día siguiente. Ahora, como todos los días, la jornada de caminata vespertina era prácticamente solo. Mi amigo italiano ya se había adelantado desde temprano.

Pasé por un pueblo muy pequeño, mejor dicho “aldea” que se llamaba “Casanova”. Ahí la foto era obligatoria y hasta fuerzas tenía para sonreir. Ya de ahí faltaban poco menos de 12 kilómetros para el final de la jornada. A falta de cinco me volví a sentir pesado, por lo que pasarse del pueblo al que estaba por llegar no era opción.

Asi que poco a poco fui llegando a Melide. La ciudad en la que pasé una noche más de mi camino. En el albergue hice amigos rápidamente y con la buena vibra, me fui a la cama seguro de que al siguinete día acabaría todo. Que sólo faltaban 52 kilómetros para el fin.

Día 6 (A los Pies de una Hazaña)

A las 7:00 am salí con Santiago de Compostela como mi destino final del día y de la aventura. Ahora si había comprado crema y hasta bendas para cuidar mis piernas. El dolor esa mañana había alcanzado niveles impresionantes.

Me puse a pensar en porque estaba haciendo esto, por quienes lo estaba haciendo y lo importante que era lograrlo. Al mismo tiempo recordando todas las historias de los demás peregrinos que te llegan y te motivan a seguir adelante.

Solo soñaba con la Catedral que no había visto ni en fotos. Empecé la caminata rezando mucho como queriendo que una ayuda divina me quitara el dolor. Me llegué a perder y estuve solo en un bosque por un buen rato. Abracé un árbol queriendo que me diera energía. Era algo que mi amigo italiano me había enseñado.

El efecto de las oraciones no fue inmediato y el del árbol tampoco. Las bajadas las veía con odio y al final de una había una capilla. Me metí para que me sellaran la credencial y para rezar con mucha fuerza pidiendo ayuda. Le puse agua bendita a mis piernas como mi manera de buscar soluciones por todos lados.  Alguna tenía que servir.

Más adelante en lo que bajaba de reversa, unas mujeres francesas me preguntaron cómo me sentía. No podía mentir y pues obviamente dije que nada bien. Para ayudarme a bajar me prestaron sus bastones y me recomendaron que comprara unos.

Esos bastones los usé para una sola bajada que estaba muy larga. Las subidas me beneficiaban ya que ayudaban a que mis músculos se estiraran. Así que en cuanto llegamos a una subida les regresé los bastones, les agradecí la ayuda y se fueron.

En el bosque tomé una rama larga que usé como bastón por varios kilómetros. En otra bajada, unos españoles aún me vieron sufriendo y se detuvieron a regalarme ibuprofeno y hasta agua. Una ayuda que como todas las otras me ayudó a poder seguir adelante.

Al pasar por una ciudad habúa una tienda de artículos deportivos a la que me metí para comprar un bastón, Lo compré y al salir me percaté que no tenía mi bote de agua. Me regresé casi un kilómetro en el que pensé que lo había dejado pero no estaba ahí.

El termo apareció en la tienda de deportes y sin querer ya le había agregado un par de kilómetros a la ruta. Más adelante me volví a topar a las señoras francesas que me habían ayudado previamente. Con ellas me comunicaba en español, inglés y francés.

Al llegar a una cafeteria ellas se detuvieron, yo seguí adelante porque si quería llegar a Santiago, no podía pararme mucho. Todo iba bien pero otro bajón de energía a los 35 kilómetros me hizo dudar si iba a poder llegar a la meta. Las siguientes dos horas fueron muy duras y la meta parcial (O Pedrouzo). De ahí faltaban 19 kilómetros para la meta.

Es impresionante lo que ver mensajes de motivación en tu celular, una hamburguesa con papas y dos refrescos pueden hacer. Después de llegar a Pedrouzo prácticamente desfallecido, salí del restaurante con otro semblante y decidido a terminar.

Eran las 5:00 pm y por motivos que aún no entiendo me iba a pasar al menos 12 kilómetros de la distancia que se suponía que me faltaba. Lo que si sabía es que aunque doliera más de lo que ya había dolido, iba a llegar.

Uno a uno fueron pasando los kilómetros y detenerme ya no era opción. Me emocioné como niño chiquito de saber que iba a poder lograr mi meta de llegar en seis días. Gritaba con fuerza, caminaba a buen paso y sonreí mirando al cielo. Era como haber vuelto a nacer y tan feliz como cuándo había empezado a caminar.

Me olvidé del dolor y me enfoqué en dar gracias por poder lograr lo que estaba por lograr. Al terminar de subir una colina, empezó la última bajada desde la que por fin se podía ver una ciudad. ¡Era Santiago de Compostela!

Con el bastón salva vidas y salva piernas seguí caminando y por fin crucé el puente que te lleva a la ciudad a la que tanto había soñado llegar. Ya no vi el odometro, las ganas de llegar eran demasiadas y trataba imaginar dónde estaba la Catedral porque no se ve de lejos.

66 kilómetros después de haber iniciado la jornada, siendo las 9:30 pm y con mi bateria interna ya en 2% bajé unas escaleras y ya estaba a los pies de la Catedral de Santiago de Compostela.

No les puedo describir lo que sentí cuándo me puse a los pies de la Catedral de Santiago. Núnca había sentido tanta felicidad, emoción, orgullo y hasta ganas de llorar al mismo tiempo. Mi cabeza daba vueltas y yo solo decía ¡Por Fin!

Después de 300 kilómetros logré termianr lo que considero el reto más difícil de mi vida. Ningún maratón, triatlón o prueba física me había provocado tanto desgaste físico y emocional. Al final dicen que la fe mueve montañas, esta vez, con la ayuda de peregrinos, ángeles en el camino y determinación,  movió piernas.

Me quedé unos momentos a rezar afuera de la Catedral. De rodillas ante lo que mis ojos veían e intenando razonar lo que había hecho. Dije que había hecho como forma de agradecer lo tanto que me ha dado la vida, el poder llegar hasta es una de esas cosas por las que agradecí. Gracias a Dios y a la vida logré una meta más. 

Felicidad Infinita

Las siguientes horas y días fueron de felicidad absoluta. El dolor en el cuerpo me recordaba la hazaña pero la sonrisa en mi cara reflejaba lo que en realidad sentía. Al día siguiente fui a la “Misa del Peregrino” para cerrar de manera digna esta experiencia.

Una misa que nunca se me va a olvidar. Peregrinos de todo el mundo felices de haber llegado a Santiago de Compostela. Una ciudad que marca el punto final de más de 40 rutas de peregrinaje. Una ciudad en la que impera la felicidad por ser la meta de grandes hazañas. Como la mía hay cientas más y cada historia es digna de ser aplaudida.

Más tarde fui por mi certificado, que en este caso se llama Compostela. Al sellar ese documento, fue el sello con el que oficialmente daba por concluida esa aventura que soñé por mucho tiempo. Que costó sudor, esfuerzo y hasta lagrimas pero que recordaré con felicidad hoy y siempre.

El camino no es fácil, tiene subidas,  bajadas y  partes planas que parecen aburridas. Hay partes en las que vas solo y otras en las que hasta te puedes engentar. Lo importante es núnca perder de vista el objetivo final.

Un camino que como la vida misma. Te da oportunidad de avanzar, te hace dudar, te hace hasta tropezar, pero que si la enfrentas con la actitud correcta te dará la oportunidad de llegar hasta dónde te lo propones y de cumplir tus sueños.

A ti, que estas leyendo esto, gracias. Tú fuiste parte de esta aventura. OscarSports no seguría si tu no estuvieras leyendo esto. Es por eso que te doy las gracias. De personas como tú saqué energias para seguir avanzando.

Nunca dejes de creer que lo que sueñas hacer es posible. Sueña en grande y llegarás lejos. El camino no es fácil, tiene subidas,  bajadas y  partes planas que parecen aburridas. Eso y más son de las cosas que aprendí en el Camino de Santiago.

Mi Andar en el Camino de Santiago

Los primeros 72 kilómetros del Camino de Santiago me habían ido enseñando de lo que se trataba este reto físico, mental y hasta espiritual. Sin embargo, el tiempo me hizo ver que eso era tan solo el principio. Que aún faltaba mucho por recorrer y aprender.

Día 3 (Ángel en el Camino)

El tercer día fue el que inicié con más ambición de todos. En el plan estaba caminar 50 kilómetros. Sería la primera vez en mi vida que recorrería tanta distancia ya sea corriendo ó caminando.

Ese día había que salir a las 6 am del albergue. Aunque estuve listo para la hora programada, seguí siendo el último en salir. Ahora no había luz afuera, todo seguía oscuro. Sin embargo, las flechas te mostraban en que dirección debías de ir.

Los primeros kilómetros fueron entre campos de siembra. Me alegré de pensar que había parado el día anterior dónde lo había hecho, pues tardé dos horas en llegar al siguiente pueblo y el camino no era fácil.

Las lecciones de los primeros dos días me hicieron tomar un buen paso desde el inicio. El dolor por el esfuerzo de los días anteriores si se sentía, pero la ilusión de seguir avanzando me hacía pensar en todo menos en lo que al cuerpo le molestaba.

Antes de llegar al pueblo antes mencionado, alcancé a un señor que se puso a platicar conmigo cuándo lo pasé. Hablamos de dónde veníamos, que hacíamos y hasta quién había ganado las elecciones en México. Cuándo le comenté de mi plan de los 50 kilómetros, el me recomendó no hacerlo y esperar al siguiente día debido a que la parte más dura del camino estaba a la vuelta de la esquina.

Si tomé en cuenta su comentario, pues él ya había hecho el Camino varias veces. Ya que él se paró a desayunar, yo me seguí de frente queriendo ganar tiempo y distancia. Yo estaba pasando a todos los peregrinos que tenía por delante. Hasta que uno me pasó. Llegué a pensar en mantenerme a su paso pero iba muy rápido, así que lo dejé ir.

Para mi sorpresa él se detuvo y me esperó para saber por dónde seguir. El en italiano y yo en español, nos llegamos a entender lo suficiente para decidir que ibamos a seguir juntos. Para los dos, era la primera vez buscando llegar a Santiago. Su compañía de ese momento en adelante fue fundamental. Fue un ángel en el camino a la meta.

A los pocos kilómetros comenzó la subida más fuerte del Camino. Diez kilómetros de subida contínua en terracería pasando de 800 metros sobre el nivel del mar a casi 2,000. La niebla se hizo presente ya que pasamos de estar debajo a estar encima de las nubes. Después de un esfuerzo sobrehumano y yo sin nada en el estómago, llegamos a Cebreiro, el punto más alto en mi parte del camino.

Ahí pasamos a una capilla a dar gracias y después a comer. Una comida que supo a gloria mientras llovía afuera del restaurante. Una vez que dejó de llover, paramos de comer y seguimos otros 15 kilómetros a nuestro punto final. Las vistas desde ese punto eran espectaculares.

Las horas restantes fueron una lucha contra el cansancio que más adelante se combinó con una fuerte lluvia. Una lluvia que hizo que algunos albergues se llenaran y tuvieramos que caminar hasta ocho kilómetros más de lo planeado. Sin embargo, esto ayudó a que llegaramos a una posada dónde nos atendieron como reyes.

Al llegar nos dieron toallas para secarnos. Nos dieron de comer como si no hubieramos comido en semanas. Los cuartos estaban bastante bien y como no había nadie más, nos ayudaron en todo. Fue tan bueno el trato que dolió tener que seguir caminando al día siguiente. Lo más difícil de creer es que no llevaba ni la mitad del camino.

Día 4 (Caminando en Reserva) 

Esa mitad del camino estaba a la vuelta de la esquina. Bueno, unos kilómetros más abajo. Después de subir mucho el día anterior.  La meta ese día se llamaba Portomarín y nos dejaría a 90 kilómetros del final. 

El dolor en los pies empezaba a ser notorio. La noche anterior me dormí con un pie inflamado que no se logró recuperar al 100% pero reposar no era opción. Fue un día que parecía pasar muy rápido. La plática con mi amigo italiano ayudó mucho a eso y a olvidarse del dolor.

Cerca de los 30 kilómetros mi amigo se empezó a sentir cansado y bajamos el ritmo. Yo no me podía parar ya que si lo hacía pensaba que sería casi imposible reiniciar. Así que decidimos que llegando a Sarria él se quedaría a descansar y yo seguiría mi camino.

Así fue y al llegar a Sarria nos despedimos como si ya no nos ibamos a volver a ver. En ese momento pensaba que sólo me faltaban 10 kilómetros para llegar a mi destino. Posteriormente, me di cuenta que faltaban cerca de 20.

En vez de tener que caminar sólo dos horas más, eso significaba que faltaban cuatro horas. Poco a poco mis energías se agotaban y es que no había comido nada en todo el día. A base de pura agua me estaba manteniendo en pie.

Mi ritmo fue disminuyendo y cuándo me faltaban ocho kilómetros me alcanzó mi amigo italiano. El propuso que nos detuvieramos en un albergue a 95 kilómetros de Santiago. Para mi, esos cinco kilómetros me hacían ruido y quería quedar a 90.

Le dije que si se quería quedar ahí, que se quedara, que le agradecía su compañía pero que yo llegaría como fuera a Portomarín. Al final decidió irse conmigo y poco a poco fuimos llegando a la que fue la meta desde el principio de la jornada.

La vista en ese lugar hizo que valiera la pena todo el esfuerzo. Yo estaba tan cansado como asombrado de lo que había logrado. 53 kilómetros después de salir, llegamos al albergue a bañarnos, cenar y descansar. Llegamos tarde y despacio pero llegamos.

Emoción Sobre Cansancio

Ahora si podía decir que ya estaba a nada de llegar a Santiago. La meta ya se sentía muy cerca aunque hicieran falta casi 100 kilómetros. El cuerpo empezaba a pedir descanso pero tenía que mentalizarme para seguir avanzando.

La aventura ya había valido la pena y faltaba lo mejor. La llegada que ya la empezaba a visualizar. Esa parte no se la pueden perder. Un final del que aún me acuerdo como si hubiera sido ayer. 

Mi Andar en el Camino de Santiago

En el momento que supe que viviría en España, sabía que habría oportunidad de hacer cosas que dificilmente olvidaría. Sin embargo, hay una que me ha dejado marcado y se llama el Camino de Santiago.

El Camino de Santiago es el nombre que lleva una ruta de 764 kilómetros que va desde Saint Jean Pie de Port en el oeste de Francia hasta la ciudad de Santiago de Compostela en el oeste de España.

A lo largo del tiempo se han hecho diferentes rutas que se adaptan a las capacidades de miles de peregrinos. Todos ellos tienen la meta de llegar a los pies del apostol Santiago en la Catedral de Santiago. La meta para los miles de peregrinos, que por diversas razones,  año con año llenan esta ruta considerada sagrada por muchos.

Mis Razones

Hacer el Camino de Santiago ha sido por muchos años una meta que tenía. No sabía cuándo ni como hacerla. Al estar en España, la posibilidad de realizarla se veía más latente. Sin embargo pasaba el tiempo y a veces parecía imposible poder hacerlo.

Cuándo supe que me iría de España al final del verano, el tiempo lo tenía encima. Asi que dentro de las prioridades en la lista de pendientes estuvo hacer El Camino de Santiago. La ruta completa no era opción ya que para ella se necesitan más de 25 días.

Por lo tanto, mi planeación consistió en pensar en una distancia que podría recorrer en seis o siete días, no tenía tiempo para más. Al mismo tiempo, quería que fuera un reto y no solo un paseo. Por lo que al menos serían 200 kilómetros y 300 máximo. Al final, decidí salir desde un poblado llamado Astorga, a “260” kilómetros de Santiago.

La razón era simple. Dar gracias y nada más. Quería dar gracias por lo mucho que he recibido este año en España y no nada más aquí, sino a lo largo de mi vida. Me considero alguien muy afortunado de lograr lo que he logrado y vivir lo que he vivido. Al mismo tiempo de tener a gente como ustedes cerca para seguir en esta aventura deportiva.

Día 1 (Inicia la Aventura)

El mismo día que desocupé el departamento donde viví los últimos ocho meses de mi vida, fue el día que me dirigí a Astorga para inciar un reto y a la vez un sueño. A las 3:30 pm del sábado 30 de junio inició mi peregrinación a Santiago de Compostela desde la Catedral de Astorga.

Con la credencial sellada en un albergue y una mochila cargada con ropa y provisiones para una semana, inicié un camino tan soñado como desconocido. No quise ver fotos del mismo para no crearme expectativas. Quería que el Camino me fuera sorprendiendo y simplemente avanzar hasta dónde mi cuerpo se sintiera capaz.

Los primeros kilómetros fueron un paseo muy agusto, sin cambios de elevación y un clima fresco. No tenía idea de lo que me esperaba y la verdad me alegro que haya mantenido un cierto grado de inocencia al principio. Ese día acabé en un pueblo que se llama Foncebadón, a 1,300 metros sobre el nivel del mar.

Al albergue en este punto llegué apenas para ocupar la última cama disponible. Mi cena consistió en un par de barras energéticas y agua que aún tenía en un bote. Me bañé y para las 10 de la noche todos estaban dormidos, así que yo también tuve que hacer lo mismo. 30 kilómetros en el primer día eran un calentamiento para lo que vendría.

Día 2 (Aprendiendo Sobre la Marcha)

Mi plan era salir a caminar cerca de las 9 am o tal vez 10. Sin embargo, mi sorpresa fue que a las 6 am todos en el albergue ya estaban despiertos. Muchos ya habían comenzado su caminar antes de las 7 am. Yo si me tomé mi tiempo y bajé con calma a desayunar pero para las 8:30 ya estaba camino a mi segunda parada que estaba por definirse.

Los primeros kilómetros fueron bajo una capa de niebla impresionante. En ese momento estabamos más arriba que las nubes y así llegué al punto más alto de la montaña. El descenso fue gradual. El primer día caminé completamente solo, pero ahora ya vi gente desde el momento en el que salí del albergue.

Me di cuenta poco a poco de la multiculturalidad que hay a lo largo del camino. Peregrinos de Estados Unidos, Australia, Brasil, Colombia, Francia y demás países estaban siendo represenatdos. Cada quien a su paso y cargando con sus propios propósitos.

Ese día aproveché para ir platicando con gente. Además, me adaptaba al paso de otros y no me importaba ir atrás de gente con tal de no ir solo. Sin embargo, me di cuenta que no estaba avanzando mucho. Mi meta era bastante ambiciosa y pues cualquier avance que podría tener era bueno.

Al pasar por una capilla, comenzó a llover, así que en vez de salir a mojarme me quedé a rezar. En cuánto sentí que amainó la lluviá continué pero con un paso un poco más acelerado. No quería correr, pues era parte del reto que me había propuesto. Llegué a comer a Ponferrada, y tras la comida seguí unas tres horas más a mi destino final.

Al ver como mi contador de pasos me indicaba que había superado los 40 kilómetros, ya sólo me faltaban dos para el siguiente pubelo. Así que decidí que 42 kilómetros eran más que suficientes por ese día. Al llegar solo dió tiempo para conocer a mis compañeros de cuarto, ir a cenar pasta y regresar para bañarme y dormir temprano.

Ese día aprendí que tener un buen ritmo desde el principio me podía ayudar a tener más tiempo de descanso en la tarde. Por lo regular los “peregrinos” salen a caminar a las 7:00 am y acaban su jornada a las 3 ó 4 pm. A partir de esa hora los albergues se comienzan a llenar y si los pueblos son chicos, puede que no haya espacio para los rezagados.

El Camino, como la vida, es un aprendizaje continuo y esta historia continuará. Estos fueron apenas los primeros 72 kilómetros de la aventura rumbo a Santiago de Compostela.