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Regresando a Donde Todo Comenzó

Monterrey, Nuevo León es una ciudad que ha sido testigo de varios momentos que me han marcado en cuestiones deportivas. Fue la ciudad en la que llegué a participar en mi primer regional de natación, la ciudad en la que presencié mi primera carrera de automovilismo profesional con Adrián Fernández y Michel Jourdain Jr. en el Parque Fundidora dentro de la Serie Cart.

Pero sin duda el recuerdo más especial es cuando me convertí en maratonista en esa misma ciudad. Ya han pasado nueve años, pero como dicen, la primera vez no se olvida. Hace seis años no sabía lo que estaba haciendo, lo que me esperaba cuando me formé en esa línea de salida, lo que pasaría una vez que llegara a la meta.

Hace seis años tomé una decisión impulsiva que cambió mi vida. Era mi segundo año y me estaba preparando para un el Nacional de Medio Maratón en Estados Unidos. Un día mi madre me preguntó si quería correr un maratón y sin pensarlo dos veces dije que si. ¿Que tan difícil podía ser correr dos veces la distancia para la que me estaba preparando? En el 2009 me di cuenta que era más del doble.

No recuerdo mucho de ese día. Corrí los mejores 23 kilómetros de mi vida para después darme cuenta que no estaba listo. Mil y una veces pensé en subirme a un carrito para llegar a la meta, mil y dos veces pensé en lo contrario y seguir andando. Calambre tras calambre pasaron los kilómetros. A lo lejos se veía el Parque Fundidora  y solo me podía imaginar que se sentiría llegar ahí.

42 kilómetros y 195 metros después de haber salido, me di cuenta. El llegar a una meta nunca me había llenado de tanta emoción. Tarde algo de tiempo en digerir la noticia, pero también sabía que en unas semanas debía regresar a los entrenamientos de pista y campo, sin poderle presumir a mi entrenador la hazaña que había conseguido.

Esa vez, mi madre corrió en la misma carrera, así que no podía pedir de mejor compañía al inicio de esa aventura. Al final me encontré con mi hermana, mi papá, mis primas  y mis abuelos. Los que me conocen saben lo importante que ha sido mi abuelo para mi, tenerlo ahí en ese momento único es algo que seis años después, parándose en el mismo lugar, pero esta vez, él me estaba viendo desde el cielo.

En el 2015 no fui corredor, pero también corri. No me inscribí pero si me registré. No recibí medalla pero sí las gracias. Este año grabé las mismas emociones que yo sentí hace seis años. El nervio de las horas previas, la emoción de estar en la línea de salida, la descarga de adrenalina en los primeros kilómetros, el sufrimiento en la segunda mitad del recorrido y sentir que has tocado el cielo cuando llegas a la meta.

Siempre he creído que algo que distingue mi trabajo del de muchos otros camarógrafos es que yo he sido deportista toda mi vida, y cuando se trata de correr, el entender las diferentes etapas por las que pasa un atleta en 42.195 kilómetros es algo que pocos podemos hacer. Espero lo vean reflejado en el trabajo que pronto les presentaré.

Asi que seis años después de mi debut como maratonista ya le he sumado otros seis a mi historial, mejorando por mucho de ese 3:40:00 con el debuté a un 3:12:00 y el cual sigo buscando mejorar. Regresar al mismo lugar a donde toda esta historia como maratonista comenzó, es algo que hizo de  este trabajo, muy posiblemente el más especial de todo el 2015.

Homenaje a mi Abuelo

Hoy no hablemos de deportes. Quiero compartir con ustedes uno de los golpes más fuertes que me ha dado la vida. Un golpe que por más que se veía venir si dolió y mucho. Puede que compartir este momento suene y parezca insensato, pero no lo hago por llamar la atención. Lo hago como manera de expresar el cariño, respeto y admiración a quien fue y seguirá siendo mi abuelo Salvador.

Ha sido impresionante ver el cariño que mucha gente nos ha expresado a lo largo de la semana. No hay manera de agradecerles lo suficiente a quienes ya lo han hecho, ni manera de remplazar a un gran ser humano.

Cuando me dijo mi mamá que se acercaba el momento de decir adios, no sabía que hacer. Si hace un mes me hubieran dicho que esto iba a pasar, no se lo creo a nadie. Con tanto viaje en mi trabajo lo que menos quería era recibir una llamada con la peor noticia y tener que hacer un viaje express. Si iba a pasar lo que pasó, quería pasar los días cerca de él.

Dios y la vida me dieron la oportunidad de decirle adios tres veces. Desde el sábado yo sabía que el tiempo de compensación no sería mucho. Verlo luchar con cada músculo fue increible. Me hizo reir hasta el último día que pudo hablar. Me hizo reir en sus últimas horas. Me hizo llorar cos sus gestos de humildad y fuerza hasta el final. Si mi abuelo se tenía que ir de alguna manera, hasta para eso fue bueno. Se fue por la puerta grande a verse con sus papas, hermanos y amigos. La luz a la que se rehusó a llegar, le ha de haber dado la bienvenida con Los Panchos tocando en el fondo.

Hay momentos en los que prefiero creer que se fue a visitar a un amigo fuera de la ciudad. Que tendré otra oportunidad de abrazarlo y pedirle sus consejos, sus conocimientos, su punto de vista. No verlo ir de un lado a otro en su camioneta, sentarse en la sala a ver la tele, los toros, no oirlo pedirle a la muchacha de la casa que te sirva una coca. Esos son momentos que llegué a pensar que durarían para siempre. En mi mente así serán y se que a mi abuelo lo llevo cerca todo el tiempo.

Cuando se acercaba el momento del adios me preguntaba a mi mismo ¿que hacer? Nunca había estado tan cerca de la muerte como lo estuve junto a él. Después de pensarlo una y otra vez esperé a que estuviera descansando en paz para escribir sin duda una carta que nunca hubiera querido escribir. Hacer un video que nunca hubiera querido armar. La carta la escribí cuatro horas después de su partida. Es algo que me ha ayudado mucho. Prácticamente a la primera salieron 800 palabras del corazón y estuve dispuesto a leerlas en público durante su último adios. Mi abuelo me la puso fácil y hoy comparto esa carta con ustedes.