Desde Otra Perspectiva

De una preparación de cinco meses a una de poco menos de una semana. Así de grandes son las diferencias que viví con el Maratón de la Ciudad de México. He corrido cinco y he cubierto dos. Ambos tienen sus grandes retos, he aquí las similitudes y las diferencias.

Empezando por la alimentación. Yo nunca he sido alguien de dietas pues con todo lo que corro siento que lo como se quema en poco tiempo. Así que durante la semana no hubo cambios en ese aspecto. Desde el ángulo que viví este maratón si disfruté más esta diferencia pues de no haber sido así adiós refrescos, tacos, mariscos entre otros antojos. El viernes por la noche, cuando acostumbro comer pasta antes de un maratón estaba muy agusto cenando tacos con todo y agua de horchata.

Aunque no lo crean también se requiere de buena preparación física para cubrir un evento que se expande por 42.195 kilómetros en una ciudad más de 2,000 metros sobre el nivel del mar. Mis entrenamientos obviamente no estaban enfocados para cubrir la distancia pero sí para poder acelerar de un punto a otro. Sabía que mínimo iba a correr/caminar unos 10-15 kilómetros entonces había que estar preparados.

Los días previos a correr un maratón varias estrategias en caso de que una no funcione. Planeo cuáles quiero que sean mis parciales y sólo me imagino el recorrido. No me gusta manejar por donde voy a correr, lo que veo en un mapa es lo único que necesito cuando voy a correr. Esta vez sin problemas caminé el jueves y viernes por varios puntos donde iba a pasar la carrera del domingo. Para ver de donde saldrían las mejores tomas.

Cuando voy a correr un maratón me gusta ya tener un plan fijo desde mínimo tres días antes. Un plan que no debe cambiar bajo ninguna circunstancia sabiendo que puede haber cambios sobre la marcha. Esta vez mi plan estaba listo a menos de 12 horas del arranque.

Obviamente que la diferencia más grande es que no iba a correr la distancia completa esta vez. Pero el haberlo hecho antes me ayuda a saber como se va sintiendo la gente en cada punto. Se que los niveles de energía están en su máximo apogeo durante la salida, al igual que los nervios. En los primeros diez a 15 kilómetros la gente aún va sonriendo. Es entre el kilómetro 20 y 30 que empieza a haber dudas si se podrá completar la prueba. Del 30 al 37 no quieres saber nada más que llegar a los últimos cinco kilómetros. Ya cuando conquistas la última subida de un recorrido y sabes que la meta está ahí las caras de los participantes lo dicen todo y que decir de la meta. No hay lugar más alegre que ese.

Así que mi plan estaba diseñado en cubrir algunos de estos puntos sin tener que recorrerlos todos. Esta vez tenía que pensar bien en que partes iba a correr y en que partes iba a hacer uso del transporte público para poder llegar a todos los lugares establecidos en mi plan de vuelo.

Los nervios no estaban esta vez centrados en mi cuerpo, pero en el equipo tecnológico con el que contaba. Ver cómo el pronóstico de lluvia no se quitaba si me puso algo nervioso pues no había caído una sola gota durante la semana. No había plan “B” esta vez, sólo buscaba la mejor manera de cuidar lo que tenía a mi disposición. Eso si, en diciembre pasado estaba listo para cubrir un maratón que fue suspendido por nieve y terminé grabando uno improvisado. Así que por frío sabía que no me iba a morir.

El día de la carrera me levanté a la misma hora si no es que más temprano de lo que lo haría si estuviera por correrla. Me puse tenis y ropa que me cubriera del frío tal y como si fuera a participar. La gran diferencia estuvo en no ponerse el número de competidor. Al llegar a la salida no necesite la media hora para calentar, sólo para ver por donde iba a estar. Y cuando más contento estaba porque parecía que la lluvia había desaparecido dieron las 7:15 (hora del arranque) y sin posibilidad de cubrir la cámara cayó un aguacero que casi estaba a seguro iba a descomponer la cámara.

Afortunadamente no fue así. Así que poco a poco me fui siguiendo mi plan. De las casi 15 personas que iba siguiendo, sólo tres no tenían la playera del maratón puesta. Así que encontrarlos entre una muchedumbre verde fue otro reto. Pero poco a poco la lluvia desapareció e hizo el trabajo un poco más fácil. Tras un largo recorrido en metro llegué a Ciudad Universitaria para ver la llegada. Mi pronostico no me falló. Estaba viendo lo que había pensado que vería en cuanto a las caras de los competidores.

Yo que estoy acostumbrado a correr junto con personas que no piensan más que en acelerar para buscar un boleto Boston muchas veces me pierdo del tipo de cosas que vi el domingo. Personas en sillas de ruedas, en muletas, con sobrepeso y hasta ciegos que sienten más que uno lo que estan por lograr. Eso si, cuando pones una cámara de frente a los corredores que estan por llegar a la meta, de cada diez, al menos ocho te van a saludar para que los hagas famosos.

Esta vez no me dieron calambres, pero al terminar de grabar el hambre era casi la misma que cuando he corrido un maratón. Llegué a mi departamento tan cansado como si lo hubiera hecho completa y con la espalda casi rota pues había cargado con mucho por las últimas 10 horas. En diciembre, si quiero llegar a Boston no me queda de otra más que correrlo. Regresar a mis protocolos de siempre y volver a ver todo de la manera que lo he hecho por cinco veces.

El domingo 31 de agosto fue uno de esos día en los que sentí como si hubiera corrido un maratón pero no es cierto.

image (2)
Lo equivalente a mi número de       competidor.

 

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